martes, 10 de julio de 2012

El Endemoniado mundo de Cecilia Eudave




En días pasados Carlos Rosas  me  entrevistó para hablar de mi  narrativa, pero sobre todo de mi trabajo con la trilogía de la Dra Julia Dench, el resultado fue una divertida entrevista que muestra un poco el mundo en que vive mi imaginario. Dejo aquí el link y espero la disfruten:

http://issuu.com/mileniodiariojalisco/docs/visor8julio

viernes, 22 de junio de 2012

La sangrienta belleza…




Cuando terminé de leer el ensayo que la poeta argentina Alejandra Pizarnik escribió apropósito del libro La condesa Sangrienta, de Valentine Penrose, basado en la vida de la Erzébet Báthory  que supuestamente asesino a 650 jóvenes, quedé atrapada en una puesta en abismo, donde ahora yo, quería hablar del ensayo de Alejandra Pizarnik quién deambuló por libro La condesa sangrienta, elucubrado o alucinado por Valentine Penrose,  de la vida de una aristócrata demente y cruel llamada Erzébet Báthory que aseguran mató a 650 jóvenes para conquistar la juventud.  Quizá por la sensación claustrofóbica que me produjo entre líneas la prosa de Pizarnik al hablar de cómo otra mujer interpretaba la existencia de una mujer extremadamente singular, que vivió en el medioevo un mundo subterraneo, imposible de abarcar sino se sumerge uno un poco en la locura o en la idea de mitificar.
     ¿Abigarrada?, no puede ser de otra forma la demencia de la belleza extrema, sí esa que sólo goza el que la produce, el que la consume, el que la disfruta porque en ella encuentra el espejo de sí mismo. Terrible es, ciertamente, matar, descuartizar, torturar, bañarse en sangre, desollar; insólito parece que pudiera tener cómplices y hasta facilitadores para el sadismo, e increíble resulta que alguien pueda hablar de ello concentrándose exclusivamente en “la belleza convulsiva del personaje”.
     Entonces me pregunto ¿por qué nos atrae el abismo del otro? ¿Por qué nos seduce el mal evocado, no el del demonio cuya naturaleza es esa, sino la del hombre, cuya naturaleza se domestica para asemejarla a los buenos dioses? ¿Por qué abrimos los ojos, desmedidamente, ante la perversión del otro y despertamos de nuestro apático vivir?  ¿Por qué, morbosamente, nos deslizamos sin emitir sonidos para observar la palidez legendaria de una condesa que vivió entre sombras, con sus ojos dementes, con “los cabellos del color suntuoso de los cuervos?
     Me quedo perpleja, me asusto también, dándome cuenta que no es morbosidad lo que me acerca al personaje y a quienes hablan de él, sino todo aquello que le rodea, todo ese artificio, esa elegancia cruel, esa sofisticación  de un sadismo construido en el más puro egoísmo, en el más pleno deleite personal. Y tiemblo, porque al mirarla, o mirarlas (ya en el juego especular todas se vuelven imágenes unísonas de un salón de espejos), me sumo a esa “sombría ceremonia […] de espectadora silenciosa.” Sí, aquí el silencio es reiterativo y hasta obligatorio, porque si digo algo me comprometo, me identifico…
     Repaso lentamente cada fragmento de la historia recompuesta, cada imagen que devuelve la poesía ahí donde por pudor no debería haberla. Soy seducida y defino su melancolía: no saber distinguir ya el adentro del afuera. No encontrar los límites, no desearlos más, o quizá, no necesitarlos porque ya no hay más ojos ni voz que los propios. No existe quien juzgue, no existe simplemente nadie más.  ¿Será la verdadera libertad entre los otros?
     Pero ni Pizarnik ni Penrose ni yo, debo asumirlo, admitimos una simpatía abierta  después de imaginar la vida de una condesa repleta—otra vez de ese maldito— “silencio constelado de gritos en donde todo es la imagen de una belleza inaceptable”. Y con la cabeza baja aceptamos la sentencia final del ensayo de Alejandra: “Ella es una prueba más de que la libertad absoluta de la criatura humana es horrible”.  Con esa frase cruel, como un grillete al cuello, en el calabozo hostil de una sociedad puritana y caprichosa, nos vamos a dormir libres de todo espanto…

lunes, 18 de junio de 2012

Reflexión sobre mi insomnio.

-->


No sé si es buena idea conjurar al insomnio para dejar de tenerlo. No sé si es acertado pensar que el insomnio ayuda a crear bajo el efecto de una somnolencia semejante, desde mi punto de vista, a un transito casi fantasmal entre el tiempo y el espacio.  Quiero decir con ello que deambulamos por donde mismo, haciendo lo de siempre, sin tener conciencia plena de hacerlo o de estar. No somos vivos, ni estamos muertos. No somos ánimas, parecemos, vagando silenciosos, enmudecidos, como si nuestros ruidos insultaran el sueño del otro, la razón del otro o el triste deber de ausentarse unas horas de la modesta vida.
Quizá ellos no entienden, no en ese momento, que su finísima sombra —y aquí tomo prestadas las palabras de Borges— “ha sellado los espejos que copian la ficción de las cosas”, y sin nada que las represente con certeza, vamos cayendo en la duda de todo, incluso de si estoy soñando mi insomnio. Las divagaciones son parte de este estado melancólico, cuidado si se prolonga, puede llevarnos habitar entre intersticios, asomándonos a medias entre la vigila caprichosa y la dureza diurna. De cualquier manera es duro estar con sueños, de sueños, bajo los sueños, por los sueños, como sueños, entre sueños, sin sueños…
Cada cual tiene su insomnio —como una vida— y lo lleva como puede, acostados en la cama dando vueltas a un cuerpo que tal vez ya no quiere ser tuyo. O leyendo con los ojos enrojecidos historias inventadas por las pupilas, que no pueden retener las oraciones y engañan al cerebro con relatos que al día siguiente se desvanecerán. Es posible que todos esos falsos recuerdos sobre lecturas, de autores concretos, nunca se escribieron en realidad y se gestaron en las penumbras de algún insomnio lector. Se puede vagar por la calles, también, como un centinela proscrito observando al caminar otros paisajes acaso los verdaderos; beber una copa tras otra para emborracharlo, sin doblegarlo, pues sigue ahí como una puerta abierta que deja pasar a todos y a todo.
Entonces, sin remedio, tomamos más conciencia de las cosas porque estamos con nosotros mismos, sin intrusos, sin rutinas, sin el reconfortante sonido de los otros. Solos, entre pensamientos diluyéndose en cavilaciones, en reflexiones obsesivas o convulsiones mentales. Recomponiendo cosas, situaciones y pasados irremediables poniendo a prueba la cordura de una vitalidad lejana. Sí, el insomnio me inquieta, como te inquieta aquel que sabe nombrarte a pesar de tus múltiples máscaras, de tus infinitos uniformes, ese que te llama y sin remedio le respondes. ¿Qué nos dice? ¿Quién lo escucha? ¿Quién desea ser nombrado para exorcizar de una vez a sus demonios?
Qué sabe nadie, hoy escribo bajo los efectos de su sombra, bajo la nostalgia de un ayer donde los hombres sólo iban a dormir, sin exigirse nada más que un sueño tranquilo disolviéndolos en la realidad de la noche.